Contre le mur!

“J’ai dit contre le mur!”, gritaba la profesora, acompañando cada palabra con un movimiento de manos que recordaba a las del director de orquesta que ensaya por enésima vez un pasodoble con una banda de aficionados. “Contre le muuur!”, repetía. Los receptores del mensaje desesperado eran un rebaño de niños de seis o siete años, perfectamente uniformados con el chándal de las Escuelas Francesas y perfectamente organizados para arrasar a su paso con todos los carteles de una muestra de teatro experimental. Eran casi las diez de la mañana y la función escolar de los viernes iba a empezar en el pequeño teatro público que acoge en la ciudad los ciclos de música para niños. La frustrada pastora sin perro intentaba ponerlos en fila para que entraran en orden.

Pocos metros detrás de los niños del 3e arrondissement  reconvertidos en macarras infantiles, otro autobús abría sus puertas para dejar salir a los alumnos de un colegio público que sobrevive a los pies de la catedral, en el corazón de la parte más antigua de la ciudad. Su rancio abolengo (el del colegio) no debe haber sobrevivido, o por lo menos no se adivina al ver el rico cromatismo de los pequeños individuos que iban bajando las escaleras del autocar. De la mano, abriendo la comitiva, un niño con colores caribeños llevaba de la mano a otro magrebí. Los prejuicios que impiden a los hombres caminar cogidos de la mano no les afectan todavía: allá iban ellos, orgullosos, guardando las distancias con la piara francesa pero decididos a disfrutar del mismo modo de la función musical. Tras ellos, otras muchas parejas diversas: una china vestida con una chaqueta de corazones rosas de la mano de una chiquilla morena-de-las-de-toda-la-vida, ambas con una camiseta interior que anunciaba que venían del colegio público del centro. Mochilas de colores vivos, pelos con trenzas, mallas de deporte que dejan al aire las piernas en la fría mañana de octubre. Nadie les gritaba que se arrimasen a la pared. No hacía falta. Con seis o siete años, estos sevillanos de todos los colores dejan pasar a la gente que camina en contra por la estrecha acera.

En días como este, la ciudad parece otra.

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