Notas al programa: ‘¿Qué fue de aquellos sueños?’

Gran Teatro Falla de Cádiz (foto: Alfonso Jiménez / Wikipedia)

Gran Teatro Falla de Cádiz (foto: Alfonso Jiménez / Wikipedia)

Publicado en el programa de mano para el concierto de la Orquesta West-Eastern Divan y el maestro Daniel Barenboim en el Gran Teatro Falla de Cádiz, 21 de enero de 2014. 

 

La Orquesta West-Eastern Divan, formada por cerca de un centenar de jóvenes músicos procedentes de Israel, los países árabes de Oriente Próximo y España, en su mayor parte andaluces, y dirigida por el maestro Daniel Barenboim, interpreta esta noche en su primer concierto en Cádiz la Sinfonía concertante para violín, viola y orquesta de Wolfgang Amadeus Mozart y la Sinfonía nº 7 en la mayor de Ludwig van Beethoven.

La primera de las obras escogidas para esta noche es una de las dos concertantes mozartianas. La otra, atribuida al compositor y escrita originalmente para oboe, clarinete, fagot y trompa —además, claro está, de la sección de cuerda al completo—, ya fue interpretada por la Orquesta West-Eastern Divan en el histórico concierto que ofreció en Ramala, la capital administrativa de Cisjordania, en el año 2005. La que escuchamos esta noche, cuya autoría está fuera de dudas, presenta al violín y la viola como solistas al frente de una orquesta propia del período clásico. Como solistas actúan Michael Barenboim, concertino habitual de la Orquesta West-Eastern Divan, y Yulia Deyneka quien, además de integrante de la orquesta en varias ediciones del taller y las giras, es solista de viola de la Staatskapelle Berlin y ha sido profesora de viola en la Academia de Estudios Orquestales de la Fundación Barenboim-Said.

La obra que inicia el programa es uno de los mejores ejemplos de este género de vida efímera, a medio camino entre la sinfonía clásica y el concierto y fue compuesta por Mozart en 1779, poco antes de los “diez años para la eternidad”, como el maestro Manuel Hernández Silva calificó recientemente a la última década de su vida, el decenio que Mozart pasó en Viena. Debe a la sinfonía la importancia que adquiere el conjunto de la orquesta, más que como puros acompañantes como intérpretes de una obra orquestal análoga a las composiciones sinfónicas; al concierto, la elección de instrumentos solistas que, en este caso, dialogan sobre el conjunto y que alcanzan en el segundo movimiento un lirismo propio de algunas de las más reconocidas arias de las óperas compuestas por Mozart. Este segundo movimiento es, quizá, la parte que más ha influido en autores posteriores, llegando incluso hasta nuestros días. De hecho, un autor radicalmente contemporáneo como Michael Nyman —sí, el compositor de bandas sonoras tan absolutamente populares como la de El piano— hace una reinterpretación muy libre de este movimiento a lo largo de la banda sonora de Drowning for numbers, dirigida por Peter Greenaway y estrenada en España como Conspiración de mujeres en 1988. La música del filme combina el estilo minimalista de la música de Nyman con la inclusión de fragmentos de la obra original en los momentos más dramáticos de la historia.

El cine también ha hecho uso en repetidas ocasiones de la obra del segundo autor de esta noche. Muchas obras de Beethoven han sido usadas como acompañamiento de escenas de la historia del cine con mayor o menor fortuna. Pasando de largo por las incontables ocasiones en que los más variados directores han recurrido al comienzo de la Quinta sinfonía, quizá uno de los momentos más lúcidos de la utilización de la obra de Beethoven en la pantalla es la televisiva Eroica, producida por la BBC en 2003 y cuyo guión recrea —nada menos— la presentación privada de la Tercera sinfonía al príncipe Lobkowitz, uno de sus patrones. La película recoge la sinfonía de manera íntegra con la interpretación estelar de la Orchestre Révolutionnaire et Romantique y concluye con el cambio de la dedicatoria por parte de Beethoven, que en un principio iba a dedicársela a Bonaparte pero que, tras conocer la proclamación del general como emperador, decide bautizarla con el título que ha pasado a la historia.

Sin cobrar un protagonismo tan decidido en ninguna película, la obra que hoy escuchamos en el Gran Teatro Falla ha tenido también sus momentos cinematográficos. El autor dirigió el estreno de la Séptima en Viena el 8 de diciembre de 1813 —hoy hace dos siglos… y poco más de un mes— junto a La batalla de Vitoria. Aquel programa era toda una declaración de principios: su confianza en Napoleón era historia y el autor advertía que el presente y el futuro, tan inciertos en aquel momento, no se iban a ganar con salvapatrias iluminados, por populistas que fueran sus ambiciones, brillantes que fueran sus capacidades ni por terribles que parecieran a sus adversarios. La inocencia de la primera Revolución se había desvanecido. Aquellos ideales de una sociedad justa y racional tropezaban con una realidad social cada vez más convulsa. Las voces de los últimos ilustrados advertían ya acerca del fin de la esperanza de los primeros años del siglo. Los súbditos habían devenido en ciudadanos y éstos habían intentado escalar las cumbres más altas para, al final, enfrentarse a un inmenso mar de nubes que, aunque sobrecogedoras y prueba de una inmensidad superior, no dejaban ver el camino por donde seguir.

Algo más de un siglo después en la Alemania de entreguerras volvía a surgir una voz que anunciaba soluciones rápidas para problemas de siglos. Nuevamente un director británico, Tom Hooper, recurrió a música del programa de esta noche para ilustrar su retrato cinematográfico de aquellos días convulsos. El celebrado segundo movimiento, Allegretto, de la Séptima sinfonía suena como complemento perfecto a la escena que culmina El discurso del rey, reivindicando así el discurso humanista del mejor Beethoven y cobrando un papel casi tan protagonista como las propias palabras del rey ante la entrada del Reino Unido en la Segunda Guerra Mundial. Ken Loach coge el relevo en su reciente El espíritu del 45 y hace, una vez más, un retrato de cómo las esperanzas en un mundo mejor tras un acontecimiento tan trágico y destructor como la verdadera gran guerra acabaron, lejos de cristalizar y solidificarse como los asientos de nuestra nueva civilización, por preguntarnos qué fue de aquellos sueños que compartíamos. En un último intento por despertarlos, el propio Beethoven incluiría en su Novena sinfonía un grito directo a la conciencia dormida de sus coetáneos. Dos siglos después, y aunque hayamos pasado por las circunstancias más adversas y nos hayamos enfrentado a los más diversos avatares, seguimos dormidos y alejados de la acción. O Freunde, nicht diese Töne!

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