Notas al programa: ‘Amores imposibles’

Publicado en el programa de mano para el concierto de la Orquesta West-Eastern Divan y el maestro Daniel Barenboim en el Teatro de la Maestranza de Sevilla, 19 de enero de 2014, que celebraba el 10º aniversario de la Fundación Barenboim-Said. El programa incluía la versión de concierto del segundo acto de la ópera Tristán e Isolda de Richard Wagner. 

 

Los relatos de todas las culturas han tratado, de manera recurrente, temas compartidos desde el mismo inicio de la historia y la aparición de la literatura. El honor de las familias, la ambición desmedida y la lucha por el poder y, sobre todo, el amor y el desengaño como motor de las relaciones humanas protagonizan el discurso, tanto oral como escrito, de diversos pueblos en cualquier rincón del planeta y a lo largo de los últimos milenios.

Antes de la era de los medios de comunicación de masas, de Disney, de los finales made in Hollywood y de la invasión asfixiante de la corrección política, la mayoría de estas historias se basaban en el desgarro insuperable de un amor no correspondido o el drama de quien intenta sobreponerse, sin mucho éxito, a los enormes obstáculos que amenazan a su libertad para amar y ser amado. Desde la tragedia de Orfeo y Eurídice a Romeo y Julieta, pasando por el patetismo del amor de los amantes de Teruel, las bases de la tradición cultural occidental toman esta exaltación de la fatalidad como modelo para el sinfín de historias que forman nuestra narrativa.

Adaptándose a los diversos condicionantes de cada coyuntura histórica, cada desventura nos recuerda la inevitabilidad de la desgracia tras el nacimiento de una historia de amor. El tema ha mantenido su vigencia de manera casi intacta textos mucho más recientes y cercanos a nuestras propias circunstancias históricas y sociales encontrando, de este modo, una mayor identificación y empatía con las vidas de los desdichados amantes. Desde la literatura del siglo XIX a expresiones musicales tan populares como el fado o la copla, pasando por cine del siglo XX y comienzos del XXI. ¿Quién no se ha estremecido al ver a Maria protegiendo el cuerpo de Tony, que yace sin vida en una cancha de baloncesto en la última escena de West-Side Story? ¿Quién no siente compasión por el cínico Rick cuando empuja a Ilsa a dejar Casablanca y partir hacia Lisboa para salvar su vida de acabar en un campo de concentración nazi? ¿Cómo puede alguien no conmoverse cuando Ennis abre su armario y, tras volver a ver a ver una postal con la silueta de la montaña Brokeback junto a la camisa vaquera de su compañero, susurra “Jack, I swear”?

La historia de Tristán e Isolda contiene todos los elementos clásicos de un drama mítico y literario. Con varias versiones recogidas en la tradición literaria medieval, el drama se desarrolla en el ambiente oscuro y brumoso propio de la mitología celta y atlántica. En el primer acto, el joven bretón Tristán recibe el encargo de su tío, el rey Marke de Cornualles, de llevar ante él a la princesa irlandesa Isolda para poder casarse con ella. La joven intenta vengarse de Tristán por esta y otras traiciones anteriores con un veneno letal preparado por su criada Brangania. Tras dárselo a beber al caballero, decide probarlo ella también para terminar su drama. Los dos jóvenes, creyendo que morirían poco después, se declaran su amor y esperan el trágico final que, finalmente, no llega. Brangania descubre que el veneno era, en realidad, una poción de amor justo antes de que el barco llegue a puerto y el rey Marke se dirija a conocer a la que será su próxima esposa.

La representación de esta noche por la Orquesta West-Eastern Divan, los solistas Andreas Schager (Tristán), Iréne Theorin (Isolda), Lioba Braun (Brangania), Falk Struckmann (Marke) y Graham Clark (Melot) y la dirección del maestro Daniel Barenboim, consiste en una versión de concierto del segundo acto completo, que comienza con una partida de caza nocturna en los bosques cercanos al castillo del rey Marke. Isolda y Brangania se quedan junto a la hoguera, esperando el momento en que los hombres estén lejos para poder apagar el fuego y enviar así una señal a Tristán para que se reúna con su amada (‘Nicht Hörnerschall tönt so hold’) y poder por fin disfrutar de su amor en la intimidad y calma de la noche (‘O sink, hernieder, Nacht der Liebe’), que contrasta con la luz del día, invasora y enemiga de su pasión. Tal es la entrega al deseo que no oyen a Brangania prevenirles del fin de la noche (‘Einsam wachend in der Nacht’) y son sorprendidos por el caballero Melot y el mismísimo rey Marke. Los jóvenes amantes han ignorado cualquier consideración con su familia, con sus compañeros, con el rey y con el futuro marido de Isolda, quien se lamenta por la enorme traición (‘Mir – dies? Dies, Tristan – mir?’). Para agravar el enredo, Tristán pide a Isolda que lo acompañe y acaba luchando con Melot, quien secretamente también amaba a Isolda. La pelea a espada acaba con la renuncia de Tristán, quien termina herido de muerte.

El resto de la ópera sirve para constatar el fatal desenlace, con la huida de Tristán de vuelta a Bretaña gracias a la ayuda de su amigo Kurwenal. Isolda lo sigue en esta huida y será quien lo abrace mientras muere. Ella misma morirá de amor poco después y sin que Marke, Melot y Brangania lleguen a tiempo para evitarlo. Kurwenal y Melot mueren en una lucha cuerpo a cuerpo.  La doncella revela al rey que el amor de Tristán e Isolda se debía a una poción de amor y, como un suspiro final, la princesa despierta y entona el número más conocido de la obra, el ‘Liebestod’, la canción que anuncia su muerte de amor definitiva.

La profunda evolución de las relaciones personales y de género en el último medio siglo aleja en cierto modo al espectador actual de un drama de tales características. Con la consecución y afirmación de derechos básicos como la libertad personal a amar y ser amado y, cómo no, a terminar una relación en términos más civilizados —hay quien dirá que también más fríos y egoístas—, se ha perdido quizá la capacidad para sentir empatía con el tormento de quien debía enfrentarse a las mayores adversidades y asumir, finalmente, un final inevitablemente fatal. El fatum de Tristán e Isolda, como los de Romeo y Julieta, Isabel y Juan de Teruel o Cleopatra y Marco Antonio resultan hasta un punto patéticos en el siglo XXI, pero no así la fascinación del arte por las historias trágicas. La sed del creador y del espectador se calma con la adaptación del drama a las nuevas realidades y por ello podemos llorar con María, Ilsa o Ennis de la misma manera en que lloraban los espectadores de la ópera del XIX. 

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